Capìtulo 6
El señor Kurkis
De los venticuatro coleccionistas que habían adquirido los fragmentos que conformaban la obra "Continente" John L. Kurkis se vanagloriaba de haber sido quien efectuara las primeras ofertas importantes en la subasta para quedarse con dos de esas estupendas mini-obras, eligiendo entre las que más lo habían impactado. Conocía a la perfecciòn la trayectoria de Figueras en todos los ámbitos, fruto de investigaciones que había realizado consultando diversas fuentes. Recopiló publicaciones de libros y catálogos. Siguió el devenir de las cotizaciones en revistas especializadas como Art Now, Experience y Latin Art.
El señor Kurkis era metódico cuando su objetivo era incorporar nuevas piezas a su colección y si para ello tenía que seguirle los pasos a una obra en particular por intrincados laberintos lo hacía aún con mayor entusiasmo. Una vez que consguía lo que quería lo atesoraba protegiéndolo con esmero, de una manera muy curiosa. Ubicaba la nueva adquisición entre tantas otras, en medio de una especie de mar de objetos totalmente disímiles y sin relación de parentesco. De ese modo lo nuevo se fundía en lo antiguo saliendo casi por completo de la vista del espectador como una planta más dentro de un jardín superpoblado de especies exóticas.
Aquella mañana nadie hubiese notado que faltaban las dos piezas escultóricas doradas del estante de roble. A escasa distancia quedaban estatuillas de plata de esbeltas figuras danzantes, un globo terraqueo con arco de bronce y pie de madera, antiguos jarrones chinos, grandes geodas partidas rebosantes de cristales de amatista, un relieve cerámico abstracto de un artista peruano contemporáneo. Como fondo se apreciaban los chorreados de pintura de un cuadro de Jackson Pollock en tonos de amarillo, negro y azul. Esta descripciòn, limitada a unos pocos metros cuadrados del living, era la muestra de este enjambre por demás ecléctico que se extendìa a todo el espacio de la sala , a las habitaciones e inclusive al garage, al punto de poder apreciarse en más de una oportunidad su automòvil pasando las noches a la intemperie.
Basados quien sabe en qué teoría algunos de sus amigos le habían sugerido que una mudanza a una casa màs espaciosa serìan la solución para las cuestiones relativas al orden en el universo del señor Kurkis. La teorìa quedó desmentida cuando instalado en una nueva propiedad ubicada en las afueras de Somerville , ciudad del estado de Nueva Jersey, y con el doble de superficie que su casa anterior todo espacio aprovechable volviò a llenarse en un horror vacuit pocas veces visto. La gran sala principal era lo màs parecido al Salòn Carrè del Palacio del Louvre en el siglo XVIII con las paredes repletas de cuadros hasta la altura del techo, unos sobre otros y sin criterios de combinaciòn ni estilos en común.
Màs allá de estas cuestiones, había dos temas que intranquilizaban a John Kurkis respecto a su viaje al Brasil. La primera era su temor a sacar las esculturas fuera de su ámbito natural para trasladarlas en un viaje tan largo y a un lejano paìs. Tan solo lo motivaba la curiosidad por ver la obra ensamblada y saber qué lugar ocupaban las piezas que él poseía.
La segunda era la imposibilidad de llevar alguna de sus armas favoritas para sentirse seguro en un territorio poco conocido. La solución la había encontrado contactándose con un primo que le proveería lo que él necesitaba sin mayores complicaciones en Sao Pablo.
Ese hombre delgado y de baja estatura, de pelo negro y aspecto lejano al paradigma del biotipo del american way of life cerró sus valijas y tomó un taxi hasta el aeropuerto de la ciudad.
De los venticuatro coleccionistas que habían adquirido los fragmentos que conformaban la obra "Continente" John L. Kurkis se vanagloriaba de haber sido quien efectuara las primeras ofertas importantes en la subasta para quedarse con dos de esas estupendas mini-obras, eligiendo entre las que más lo habían impactado. Conocía a la perfecciòn la trayectoria de Figueras en todos los ámbitos, fruto de investigaciones que había realizado consultando diversas fuentes. Recopiló publicaciones de libros y catálogos. Siguió el devenir de las cotizaciones en revistas especializadas como Art Now, Experience y Latin Art.
El señor Kurkis era metódico cuando su objetivo era incorporar nuevas piezas a su colección y si para ello tenía que seguirle los pasos a una obra en particular por intrincados laberintos lo hacía aún con mayor entusiasmo. Una vez que consguía lo que quería lo atesoraba protegiéndolo con esmero, de una manera muy curiosa. Ubicaba la nueva adquisición entre tantas otras, en medio de una especie de mar de objetos totalmente disímiles y sin relación de parentesco. De ese modo lo nuevo se fundía en lo antiguo saliendo casi por completo de la vista del espectador como una planta más dentro de un jardín superpoblado de especies exóticas.
Aquella mañana nadie hubiese notado que faltaban las dos piezas escultóricas doradas del estante de roble. A escasa distancia quedaban estatuillas de plata de esbeltas figuras danzantes, un globo terraqueo con arco de bronce y pie de madera, antiguos jarrones chinos, grandes geodas partidas rebosantes de cristales de amatista, un relieve cerámico abstracto de un artista peruano contemporáneo. Como fondo se apreciaban los chorreados de pintura de un cuadro de Jackson Pollock en tonos de amarillo, negro y azul. Esta descripciòn, limitada a unos pocos metros cuadrados del living, era la muestra de este enjambre por demás ecléctico que se extendìa a todo el espacio de la sala , a las habitaciones e inclusive al garage, al punto de poder apreciarse en más de una oportunidad su automòvil pasando las noches a la intemperie.
Basados quien sabe en qué teoría algunos de sus amigos le habían sugerido que una mudanza a una casa màs espaciosa serìan la solución para las cuestiones relativas al orden en el universo del señor Kurkis. La teorìa quedó desmentida cuando instalado en una nueva propiedad ubicada en las afueras de Somerville , ciudad del estado de Nueva Jersey, y con el doble de superficie que su casa anterior todo espacio aprovechable volviò a llenarse en un horror vacuit pocas veces visto. La gran sala principal era lo màs parecido al Salòn Carrè del Palacio del Louvre en el siglo XVIII con las paredes repletas de cuadros hasta la altura del techo, unos sobre otros y sin criterios de combinaciòn ni estilos en común.
Màs allá de estas cuestiones, había dos temas que intranquilizaban a John Kurkis respecto a su viaje al Brasil. La primera era su temor a sacar las esculturas fuera de su ámbito natural para trasladarlas en un viaje tan largo y a un lejano paìs. Tan solo lo motivaba la curiosidad por ver la obra ensamblada y saber qué lugar ocupaban las piezas que él poseía.
La segunda era la imposibilidad de llevar alguna de sus armas favoritas para sentirse seguro en un territorio poco conocido. La solución la había encontrado contactándose con un primo que le proveería lo que él necesitaba sin mayores complicaciones en Sao Pablo.
Ese hombre delgado y de baja estatura, de pelo negro y aspecto lejano al paradigma del biotipo del american way of life cerró sus valijas y tomó un taxi hasta el aeropuerto de la ciudad.
